03 junio, 2012

Domingo de la Stma. Trinidad


Lect.: Deut 4,32-34.39-40, Romanos 8,14-17, Mt 28,16-20

1.   En un tiempo como el actual a la mayoría de los católicos no se nos ocurre pensar que somos los únicos “salvados”, los privilegiados de este mundo. La verdad es que esto lo entendemos no solo porque el tema de la “salvación” no se plantea ya en los términos tradicionales. También lo comprendemos al releer textos de las raíces cristianas. Pablo mismo en la 2ª lectura de hoy dice que “todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios”. Superando el exclusivismo judío de la época no hace excepción por credo, etnia o cultura. Y san Agustín diría luego, en nombre de cualquier persona y refiriéndose a la presencia de Dios en los seres humanos, que lo que llamamos Dios es “lo que me es más íntimo que lo más íntimo en mí”.  Si esto nos habla, entonces, de la apertura universal humana al encuentro con Dios, y de la multiplicidad de caminos y tradiciones espirituales para realizarlo, puede que sintamos la necesidad de preguntarnos ¿para qué entonces somos cristianos?
2.   Mateo nos lo responde al recordarnos al final de su evangelio, que ser cristianos no es una cuestión de privilegio sino de una misión, un encargo al que se nos invita a aceptar o no de manera libre.  Y de manera sintética presenta la misión como una invitación doble: a ser y a hacer “discípulos” de Jesús de todos los pueblos y a “bautizar en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. Este doble encargo, que a fuerza de repetición rutinaria puede sonar de la manera más institucional posible, admite una lectura mejor encuadrada. En primer lugar, Mateo habla de “discípulos”, no de adherentes, ni de seguidores, ni de matriculados, ni menos aún de reclutados. Ni siquiera de cristianos. Entendemos desde la antigüedad que ser discípulo o aprendiz es alguien que ha decidido estar con una persona, un maestro, con el propósito de ser capaz de hacer lo que esa persona  hace y lo que esa persona es. No es lo mismo que alumno, que es quien se matricula con un profesor para seguir un curso.
3.   El segundo elemento que Mateo aclara es que, precisamente por ser discípulos en este sentido fuerte, es que son enviados a “bautizar”. Ya vimos el domingo pasado lo que esto significaba. Jesús, era  “aquél que viene a “bautizarnos en Espíritu Santo”. No a otra cosa puede enviar también a los discípulos. La misión de éstos no puede ser distinta que la  misma misión del Maestro Jesús, Ni de otra cosa podían ser discípulos: a sumergirnos y a sumergir a nuevos discípulos, en el Espíritu Santo, es decir, en la vida plena, en abundancia. Sería un error y un cortedad de miras pensar que los envía a bautizar en el sentido ritual, reproduciendo la tarea de Juan, el Bautista. Ya nos quedó claro esto por boca de este mismo, como lo comentábamos el domingo pasado.
4.   Podríamos todavía preguntarnos, ¿de dónde sale esta adición de bautizar en el nombre del Padre, Hijo y Espíritu Santo y no solo del Espíritu? ¿Es acaso una confesión de una doctrina un tanto esotérica, exclusiva del grupo? En realidad es otra forma de explicar lo que ya decía el “bautismo en el Espíritu Santo”, pero que lo explican conforme lo van entendiendo mejor las primeras comunidades; es una manera de desagregar los rasgos de lo que iban entendiendo por la plenitud de vida descubierta en Jesús. La experiencia de las primeras comunidades les permite ver que la vida abundante, que realiza plenamente a los seres humanos, conlleva tres dimensiones: vivir como discípulos de Jesús, en el sentido que lo acabamos de decir, aprendiendo libremente a ser como él, y a actuar como él; en relación filial —no de terror, ni de sumisión a la autoridad— con un Dios que ven como Padre, fuente de la vida; descubriéndose como hijos en el Hijo, lo que genera una relación fraterna con todos los demás y conducidos en lo profundo de nuestro ser por el Espíritu del mismo Dios. Esto es lo que para los primeros cristianos abría las puertas a una vida plena. Participamos del Padre que es donación de ser y de vida, del Hijo que es recepción de esa vida, que todo lo recibe del Padre, y llevamos esta forma de vida movidos, conducidos por el Espíritu Santo que es el Dinamismo que hace posible tanto la entrega como la acogida.
5.   El encargo o misión consistía, pues, en ayudar a gentes de todos los pueblos a que descubrieran la riqueza de esta “vida abundante”. A esta forma de ser humanos la teología posterior la llamó vida trinitaria y la consideró reflejo de la vida divina. Y en descubrir en uno mismo estas dimensiones de humanidad – divinidad plena y en trabajar por la vida y ayudar a desarrollarla en plenitud, consiste ser discípulo de Jesús. No se trataba de conocimientos intelectuales, para alumnos que quieren estudiar el “tema de Dios”, —por importante que sea este estudio—, sino de aprender a vivir la vida propia, como la viviría Jesús, hijo, hermano. No en una imitación material, fundamentalista y anacrónica de Jesús, sino en realizar lo que cada uno de nosotros es, y vivirlo con esa relación filial y fraterna, para llevar a cabo la buena noticia del Reino, en el propio campo de trabajo y de todas las relaciones, conforme a la propia identidad personal. Ω

27 mayo, 2012

Pentecostés


  Lect. Hechos 2,1-11, I Corintios 12,3b-7.12-13, Juan 20,19-23 
Cuando al Bautista le toca presentar a Jesús, después de haberlo bautizado, según el evangelio de Jn, dice sencillamente: «He visto al Espíritu que bajaba como una paloma del cielo y se quedaba sobre él. Y yo no le conocía pero el que me envió a bautizar con agua, me dijo: “Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ése es el que bautiza con Espíritu Santo.”» (Jn 1: 32-33). Cuando al propio Jesús le toca presentarse a sí mismo, según el texto de Jn, lo que dice es: “he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10:10). Luego se aplicará las palabras del profeta para mostrar que su servicio a los pobres, a los cautivos, a los necesitados de salud y a los oprimidos de cualquier forma, se derivan del hecho de que el Espíritu está sobre él. “Bautizar con Espíritu Santo” y “dar vida en abundancia”, en realidad no son cosas distintas, sino formas de expresar lo mismo. El Bautista, que se sabía enviado a practicar ritos de purificación, aclara que la misión de Jesús no es como la suya; es “bautizar”, sí, pero no de manera ritual, sino en otro sentido, “en el Espíritu Santo”. Bautizar, sumergir, empapar, en el Espíritu Santo, es la expresión simbólica de sumergir en la fuente de la vida, en el aliento vital, en la energía última que sustenta todo lo que existe en el universo y a nosotros en particular. Por eso es equivalente a decir que viene para que tengamos vida en abundancia.

Jesús no se presenta como un maestro, un guía moral, un reformador de la Ley, o un fundador de una religión más. No es un nuevo legislador; no vino a añadir o cambiar mandatos de la ley antigua, ni cae en trampas legalistas que le ponen los fariseos para enredarlo en ellas. Tampoco se mete en discusiones religiosas, sobre cuál sea la religión verdadera o los correctos lugares de culto Cuando la samaritana, le pregunta por el lugar, el “monte correcto” para darle culto a Dios, él no responde escogiendo uno de los que ella le menciona, ni proponiendo otro nuevo (no dirá, “más adelante veréis que será en las colinas de Roma”). Se coloca por encima de esos debates y trata de colocar a la mujer en otra perspectiva. No se trata del culto, ni de templos de una u otra religión, vieja o nueva. Dice con claridad que a Dios se le adora en espíritu y en verdad. Es la perspectiva de la vida humana plena la que le interesa.

Cuando los cristianos hablamos de participar en la muerte, resurrección y ascensión de Jesús y en recibir el Espíritu Santo que nos es dado, no estamos hablando tampoco de hechos rituales, litúrgicos, ni de cuatro acontecimientos distintos. Así lo parece a menudo porque por razones pedagógicas y simbólicas, en los siglos anteriores, en el culto, sobre todo, se quiso distinguir entre lo que, de hecho, son todas dimensiones de una misma realidad: nuestro nacimiento a una vida plena, —como le dijo Jesús a Nicodemo (Jn 3: 3 – 8)—, a compartir la vida del eterno aquí y ahora, como le dijo Jesús a Marta, la hermana de Lázaro, (Jn 11: 21 – 27), abrirnos a la plenitud de la vida humana como la vivió Jesús. Pablo pone la referencia de Cristo en quien, dice, reside toda la plenitud (Col 1: 19), toda la Plenitud de la Divinidad corporalmente (Col 2: 9). Es decir, se funden en Jesús la plenitud de vida humana con la vida divina a la que expresa corporalmente. Y esta es la vida de la que participamos, “en la que somos, nos movemos y existimos.” La que captaron los grandes hombres y mujeres espirituales y nosotros estamos invitados a descubrir en nosotros mismos.

Me decía un compañero de mi comunidad que, para él, el término espíritu, —rúah, en hebreo, y en todas las tradiciones antiguas, vinculado al viento, a la respiración y a la energía— es por su sutileza la mejor metáfora bíblica para hablar de Dios, —el innombrable, el inasible—, es un hablar de El sin hablar. No vemos el aire, ni la respiración, ni el viento, ni los podemos agarrar con la mano. Y, al mismo tiempo, sabemos que se trata de algo muy real, sentimos su fuerza, lo percibimos como expresión de la fuerza vital que nos mueve y mueve la naturaleza. Hablar de Dios como Espíritu es, entonces, hablar de Él como de esa energía que nos rodea y nos penetra, nos anima, nos empuja a actuar y nos une entre nosotros mismos y nos sumerge en Dios en una unidad que nos resulta difícil de comprender.

Vivir en el Espíritu, llevando nuestra vida a plenitud se da cuando descubrimos nuestra propia identidad humana y cristiana, que estamos llamados a desarrollar; es lo que puede llenar nuestra existencia de alegría y de sentido, y nos puede marcar para vivir como Jesús, de una manera fraterna, solidaria, fecunda, creativa, independientemente de nuestras diferencias de temperamento, de personalidad, de capacidadesΩ

20 mayo, 2012

Ascensión del Señor


Lect.: Hech 1: 1 – 11; Ef 1: 17 – 23; Mc 16: 15 – 20


1.     Para quienes compartimos estas reflexiones habitualmente, ya no nos extraña ver que los esfuerzos de las primeras comunidades por expresar una vivencia espiritual profunda tenía que filtrarse en las formas culturales de la época, en la manera de entender, por ejemplo, el cosmos, el mundo, el universo. Por eso utilizan esos términos de “arriba”, “abajo”, “subir al cielo”, descender a los infiernos”, etc. No tenían otra forma de expresarse. Pero nosotros, más de dos mil años después, no podemos permanecer apegados a esa forma de hablar y, como dice un comentarista, no podemos pensar lo que llamamos encarnación como un “aterrizaje”, ni la ascensión como un “despegue”. Un esfuerzo de relectura, de comparación de los relatos de Lucas y Marcos, y con los relatos de “ascensiones” de personajes célebres que figuran en otra literatura no bíblica de la antigüedad, nos permiten aproximarnos al sencillo mensaje que los evangelistas tratan de transmitir. Nos están completando el anuncio de la Pascua. Con estos relatos tratan de transmitir de otra manera lo que ya habían comunicado al hablarnos de la resurrección: que Jesús hombre se ha hecho una sola realidad con Dios. Que la vida divina que siempre lo sostuvo lo ha asumido plenamente, despojándolo de todo lo impermanente, lo transitorio que tenemos los humanos y todas las criaturas de universo. La buena nueva es que Jesús ha alcanzado la plenitud, y que todos estamos invitados a lograrla. La creación entera gime, como dice Pablo, esperando este momento.
2.     Precisamente Pablo, en la segunda lectura de hoy, sabe que tenemos que traspasar una terminología y unas expresiones fisicistas, materialistas, de lo que son realidades de otro orden. Y por eso quiere que oremos con él para que se nos “conceda espíritu de sabiduría y de revelación para conocerle perfectamente… y se iluminen los ojos de nuestro corazón para conocer cuál es la esperanza a la que hemos sido llamados por él…”. En otros campos de la vida también hemos ido aprendiendo desde nuestra infancia a ir subiendo en niveles de conocimiento, desde el de los relatos infantiles, de las creencias populares, hasta comprensiones más maduras y, en algunas áreas, más científicas de la vida y de lo que somos. Tanto mayor es el reto de alcanzar ese otro nivel de conocimiento de mayor madurez, del que habla Pablo, para comprender lo que llamamos nuestra “realidad divina”, nuestra vida plena en Dios, que también para los cristianos es lo que nos hace plenamente humanos.
3.     De verdad que esto se tiene que ver como una “buena noticia” y las buenas noticias hay que transmitirlas. No sorprende que las primeras comunidades ligaran entonces su experiencia de esta realidad humana y divina manifestada en Jesús con la necesidad imperiosa de compartirla con todos “hasta los confines de la tierra” o, como dice Marcos, proclamarla “a toda la creación,” lo que en nuestra mentalidad actual nos hace pensar en cómo esa vida divina nos une compartiendo identidad no solo con todos los humanos, sino con todas las criaturas de la tierra y del universo.Ω

13 mayo, 2012

6º domingo de Pascua


Lect.: Hechos 10,25-26.34-35.44-48, I Juan 4,7-10, Juan 15,9-17

1.     Seguimos reflexionando sobre esa realidad que llamamos “resurrección” o “vida nueva” manifestada en Jesús. Hoy Juan pasa de utilizar comparaciones agrícolas —como la vid y los sarmientos— a entrar en directo diciéndonos cómo se entiende el ser humano en una visión evangélica. El cuadro que surge es impactante cuando tratamos de entenderlo en la perspectiva de aquella comunidad. Cierto, es una “llamada al amor” como algo clave para el evangelio. Pero quedarse ahí no tiene tanta novedad ni aclara el énfasis de Jesús. Incluso es insuficiente, aunque importante, verlo como ”, la enseñanza del  “mandamiento único”. Se trata de descubrir algo más: que ese “amor” del que está hablando es la expresión de lo que somos en profundidad. “Permanecer en Dios”, como Jesús permaneció en su Padre y nosotros permanecemos en Él, hace referencia a la comprensión del ser humano, de cada uno de nosotros, enraizado, fundamentado. Inmerso en lo que llamamos Dios, que es autodonación, creación de vida, entrega desinteresada y gratuita. En eso consiste nuestro ser más auténtico y por eso se manifiesta también en la práctica del amor, del servicio, en el fortalecimiento de la vida en todas sus formas.
2.     Debería llamarnos poderosamente la atención, y darnos pista para adentrarnos en el sentido de este texto, el hecho de que Jn no ponga a Jesús invitando a amar a Dios ni a amarle a él. Lo que nos pide es que amemos como Dios ama, así como lo hizo Jesús hasta su entrega final. Y puede invitarnos a ello, porque “amar”, entonces, en este sentido evangélico, no es más que expresar en todo lo que cada uno de nosotros es. Lo que parece una pretensión arrogante —amar como Dios ama— se comprende al ver que es Dios mismo el que ama desde cada uno de nosotros. No hay que hacer esfuerzos por imitarlo. Más bien, quitar obstáculos para que él realice en cada uno de nosotros lo que él es.
3.     Esta visión de nosotros mismos se refiere a todos los seres humanos, hombres y mujeres. Como dice Pedro en la 1ª lectura, “Está claro que Dios no hace distinciones; acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea." Y el apóstol reconoce que son también de diversos orígenes y culturas los  “que han recibido el Espíritu Santo igual que nosotros”. Por eso no es un privilegio en exclusividad, ni para los judíos, ni para la comunidad de los seguidores de Jesús. Pero sí queda una misión propia para estos y es lo que da sentido todavía hoy a que subsista una iglesia. Es la tarea de apoyar todo esfuerzo por defender y construir la vida, frente a la violencia y la injusticia, frente a todo intento de someter a los demás a nuestros intereses, —o somos siervos sino amigos. Esta práctica es la traducción fuerte de lo que es el amor. Esto es lo que nos hace más humanos. Y es lo que nos permite que en cada uno la alegría, la felicidad, llegue a plenitud.Ω

06 mayo, 2012

5º domingo de Pascua


Lect.: Hechos 9,26-31, I Jn 3,18-24, Jn 15,1-8

1.     Para quienes no hemos nacido, ni nos hemos criado en un país vitivinícola, —es decir, de producción de uva y vino, como era la Palestina de Jesús—, se da el riesgo de perdernos parte de la riqueza de la metáfora de hoy. Imaginar que Él es la vid y nosotros los sarmientos no nos resulta fácil a quienes quizás nunca hemos visto una “mata de uva” ni conocemos cómo se cultiva, o cómo y por qué se poda. Por esta vez tenemos que limitarnos a aceptar que la comparación tiene algo en común con otros ejemplos agrícolas.  De ahí podemos deducir que el texto nos está hablando de una forma de unidad entre nosotros, Jesús y el Padre Dios, tan estrecha como la que tiene una planta por cuyo tronco, ramas y hojas circula la misma savia vital. Esto hace que el Padre Dios, Jesús y todos nosotros no seamos, en nuestra identidad profunda, entidades separadas sino estrechamente unidas en una sola realidad. Y esa savia es la vida del Espíritu de Dios que nos alienta, como alentó todo lo que Jesús hizo, lo que habló y enseñó, lo que le alegró y sufrió.
2.     No es fácil concebir esta forma de unión, porque estamos acostumbrados a entendernos como individuos separados y a pensar a Dios “allá” o, en todo caso, “afuera” de lo que somos, y a nosotros “acá”. Y casi más difícil todavía es tratar de entender lo que el evangelista nos quiere decir con esa expresión de “permanecer” en Jesús. Aquí va más allá de la comparación con la vid y los sarmientos. Esta palabra “permanecer” está en el corazón del evangelio de Juan y la pone en diversas ocasiones en labios de Jesús. Se puede traducir también por “morar”, “habitar”, “estar presente en”…  y quiere expresar de manera muy radical esa forma de “relacionarnos con Dios” y con nosotros mismos. “Permanecer en Jesús”, “permanecer en Dios”, no tiene un sentido espacial, geográfico. No se trata de que haya que ir a ciertos lugares en donde encontremos a Dios —los templos, las actividades religiosas, los lugares de retiro…— Se trata más que de lugares específicos de una forma de vivir, estando presentes en Dios, no importa en cuál lugar o situación nos encontremos. (Nada fácil porque a menudo dispersos, no estamos ni siquiera presentes a nosotros mismos y al momento que vivimos). Según Juan eso lo logramos cuando “permanecemos”, cuando “habitamos” en las palabras de Jesús, en sus mandamientos, es decir, en “su” mandamiento, el mandamiento del amor. El amor que no puede confundirse con la tendencia a poseer a los demás, a simplemente considerarlos como objetos de nuestro disfrute, es lo que permite que la “savia” del Espíritu de Dios circule en todo mi ser y me una con el de los demás, estando presente, con todos nuestros sentidos despiertos, a lo que cada uno es, a sus cualidades y a sus necesidades.
3.     La metáfora de la vid, la invitación a “morar en”, no intentan ser más que pequeñas ayudas para que cambiemos nuestra manera de ver lo religioso y podamos caer en la cuenta de que lo religioso no se distingue de lo plenamente humano. Y que cuanto más crezcamos en la capacidad de estar presentes a nosotros mismos, en el momento en que nos encontramos, más nos abrimos para estar presentes a los demás y presentes, por tanto, en Dios, habitando en Él.

29 abril, 2012

4o domingo de Pascua

Lect.:  Hech 4:8-12; 1 Jn 3:1-2; Jn 10:11-18
  1. El uso de metáforas, parábolas, símbolos...en temas espirituales y religiosos tiene la gran ventaja de permitir remontarnos a niveles de la vida y la realidad que escapan al lenguaje y raciocinio habituales. Se tornan en sugerencias, en llamadas de atención para trascender la limitación de los niveles más inmediatos y opacos de la realidad. Sin embargo, el lenguaje simbólico también tiene sus desventajas. Los símbolos y comparaciones suelen estar marcados por una cultura y una época y, con el paso del tiempo, pueden desgastarse, perder sentido o, peor aún, cambiar el que tenían originalmente. 
  2. Es el caso, me parece, del hermoso "símbolo" del "pastor", sobre todo para un país como Costa Rica en el siglo XXI.  Nunca hemos visto pastores conduciendo rebaños de ovejas. Nuestras prácticas ganaderas, y tipo de ganado, en nada se parecen a las de la Palestina de Jesús, del siglo I.  En aquel entonces  la figura de quien desempeñaba ese oficio sí era muy expresiva del cuidado, el cariño, la guía, la protección por las ovejas. El peligro, al cambiar las circunstancias, es de interpretar el símbolo a partir de perspectivas muy posteriores, sobre todo de las que enfatizan y se interesan en lo organizativo e institucional de las iglesias, y pretenden a partir de este comentario, hablar de la necesidad de la autoridad y de las autoridades religiosas. 
  3. Haciendo un esfuerzo por recuperar el sentido original de la comparación que hace Jesús de sí mismo como buen pastor podemos referirlo a otra cosa. Podemos verlo, en la línea de estas celebraciones pascuales, como la evocación de lo que es la vida del resucitado, de quien ha compartido y experimentado la vida nueva revelada en Jesús de Nazaret. Quien ha pasado por esta experiencia se siente empujado desde dentro a tratar a los demás con el trato personal y la misma sencilla ternura que aquellos pastores de la época de Jesús que en su trato prolongado con su rebaño llegaban a conocer a cada oveja por su nombre, por parecidas que se viesen, y creaban un vínculo de reconocimiento mutuo con ellas. Si ese cariño y conocimiento podía darse con esos animalitos, cuánto más no será posible con otros humanos semejantes, miembros de una misma comunidad de destino. 
  4. Por comprender así esta imagen, este símbolo, las comunidades cristianas primeras se lo apropiaron captando que detrás de la comparación está la evocación de Jesús como alguien capaz de acompañar, de cuidar, de dar la cara e incluso de "dar la vida" por aquellos con quienes se encuentra unido. La vida del resucitado tiende por sí misma a ser compartida. Y en eso se revela en Jesús y en cada uno de nosotros mismos la divinidad que nos habita. Un Dios al que tratamos de ponerle muchos nombres, a pesar de ser un misterio innombrable y que en la figura del pastor se expresa como el que es auto-donación, cuidado por los otros, capacidad de compartir, de entregarse superando barreras y miedos. Es la expresión de lo mejor que podemos desarrollar en nosotros mismos.

22 abril, 2012

3er domingo de Pascua


Lect.: Hech 3: 13-15. 17-19; 1 Jn 2: 1-5; Lc 24: 35 – 48

1.     Me llama poderosamente la atención el modo como un comentarista titula su reflexión sobre los textos de hoy: “¡Los discípulos han resucitado!” Y, sin duda, los rasgos de ese acontecimiento son los que se destacan en las lecturas pascuales.   Se ve cómo esos pobres y sencillos hombres pasan del miedo a la alegría, cómo se inundan con la paz prometida cómo se les abren sus inteligencias, como entienden ahora las Escrituras, cómo son capaces de pasar de la pasividad religiosa a asumir una misión de anunciar una buena nueva de perdón y reconciliación. En definitiva, se les cambió la vida, pasaron a una vida nueva.
2.     Sin duda que toda esa transformación va ligada a la experiencia de Jesús resucitado, pero la descripción de lo que eso significa escapa a lo que se puede normalmente captar y describir con los sentidos. Si los evangelistas utilizan expresiones tan materialistas como palpar, ver las heridas, comer pescado… solo lo hacen para insistir en la, —para ellos—, indiscutible realidad de esa experiencia de Jesús vivo. No tenían otra forma de expresarlo, como no fuera con esos signos habituales de vida —tocar, escuchar, comer… Así como no tenían otra forma fuera de la referencia a la Escritura judía, para legitimar lo que había sucedido. Pero, al mismo tiempo, sin preocuparse mucho por la coherencia, dejan claro que a Jesús ahora lo experimentan no  como “cuando estaba con ellos,” sino de una manera muy distinta, como por su parte lo afirmará también Pablo en sus cartas. No se atreven ni pueden describir los evangelistas lo que ha significado la resurrección de Jesús, salvo por las consecuencias de transformación en los discípulos. Y esta es espectacular.
3.     Está claro que esa vida nueva, a la que han renacido, les permite conocer y actuar como lo hacía el propio Jesús. Viven de tal manera su palabra que pueden afirmar, como dice la carta de Juan, que el amor de Dios ha llegado en ellos a su plenitud. Y está claro también que “vivir esa palabra” no es una actitud intelectual, de profesión de doctrinas y leyes, sino un dejar irrumpir la vida de Jesús en la propia, quebrando el aislamiento individualista fruto del engaño y de la inseguridad sobre lo que uno mismo es. La experiencia de la resurrección, —puede adivinarse en estos textos—, es experimentar una presencia de la que no estamos separados, de la que se forma parte, como forman parte también todos los demás. Como decíamos el domingo pasado, la experiencia de la resurrección es la experiencia de la profunda unidad que se da entre nosotros cuando experimentamos que nuestro ser, el de todos y cada uno, está siendo dado por Dios y en Dios. Como le decía Jesús a Marta, en el conocido episodio de la muerte de Lázaro, no hay que esperar al final de los tiempos para tener en nosotros la vida del Eterno. Creer en Jesús, es poner la confianza en que lo que él nos revela es lo que realmente somos ya aquí y ahora.Ω